José Luis Guerín vuelve a ponerse detrás de la cámara para atrapar la vida cotidiana de Vallbona, un barrio que parece quedarse sin aliento frente al avance del progreso. Su nuevo metraje, titulado Historias del buen valle, se siente menos como un reportaje y más como un mosaico humano: rostros, voces y ritos que resisten en las riberas de un riachuelo amenazado por las infraestructuras y la modernidad.
El film no intenta sermonear; prefiere escuchar. En esas conversaciones filmadas con paciencia, Guerín registra cómo conviven generaciones y culturas distintas, y cómo la memoria del lugar se va transformando hasta volverse, a veces, melancolía.
Retrato íntimo de un barrio que negocia su futuro
Vallbona aparece como un microcosmos donde la pluralidad es palpable: vecinas que recogen flores junto a vías de alta velocidad, pandillas juveniles que miran con distancia a las muchachas de familias conservadoras, y oficios antiguos que perviven pese a la presión urbanística. El documental trabaja con la observación detenida, buscando la esencia de una comunidad antes de su posible desaparición.
Personajes y pequeños rituales
- Una pianista brasileña que sostiene a su pareja con alzhéimer a través de la música, y cuyos gestos revelan amor y pérdida.
- Mujeres portuguesas que siguen recolectando frutos como tradición y resistencia, cantando baladas que se mezclan con el ruido del tren.
- Familias de origen indio que habilitan huertos urbanos junto a la vía del AVE, mostrando trabajo y adaptación.
- Vecinos gitanos que mantienen ritos flamencos en la intimidad del barrio, aportando ritmo y alegría.
Un cine de escucha: técnicas y matices de Guerín
Guerín evita el tono militante y opta por un cine de proximidad: planos largos, encuadres sencillos y una cámara que no impone juicio, sino que recoge. Esta manera de filmar recuerda a otras obras del cine europeo que buscan la contemplación más que la argumentación. La fuerza del documental reside en la acumulación de detalles: miradas, canciones, un funeral, una verbena truncada.
Secuencias que marcan el pulso del film
- La misa por un anciano del barrio, rodada con solemnidad y emoción contenida, que evidencia el peso de las tradiciones.
- Las escenas de labranza a la orilla del canal, donde la luz y el ritmo del trabajo transmiten una calma ancestral.
- La fiesta en el río, interrumpida por la intervención policial, que expone la vulnerabilidad de las comunidades frente al Estado.
Memoria colectiva y lenguaje cinematográfico
Más allá de la crónica local, Historias del buen valle plantea preguntas sobre la memoria colectiva y la forma en que el cine la conserva. Las voces grabadas —en castellano, catalán, portugués, árabe y otras lenguas— componen un fresco polifónico que no jerarquiza a sus protagonistas. Ese respeto por la diversidad es posiblemente el aporte más valioso del filme: cada cultura aparece con su dignidad y complejidad.
Influencias e intertextualidad
Se detectan en la puesta en escena referencias implícitas a trabajos anteriores del cine español y europeo que exploran la vida de artistas y comunidades (obras que privilegian la paciencia narrativa). Sin embargo, Guerín se distancia de la frialdad documentalista y agrega un tono poético que atraviesa muchas de sus mejores escenas.
Tensiones sociales y pequeños conflictos
No todo en Vallbona es armonía: la coexistencia también trae roces. Hay planos que muestran la separación física y social entre mujeres jóvenes de tradición musulmana y sus pares masculinos, y escenas que insinúan cómo ciertas costumbres limitan la presencia femenina en espacios públicos. El documental no oculta estas tensiones; las registra con honestidad, sin convertirlas en moraleja fácil.
La política en el trasfondo
Aunque Guerín evita posicionamientos explícitos, el contexto político late en la película: la llegada de fuerzas identitarias y discursos excluyentes, la gentrificación y el olvido institucional. Estos elementos funcionan como telón de fondo que explica por qué la convivencia está en ocasiones en riesgo y por qué la memoria del barrio puede perderse.
Imágenes que se quedan: símbolos del ocaso y la continuidad
En varias secuencias aparece la imagen de una corona de flores flotando en el riachuelo, metáfora recurrente del duelo por lo que se pierde. Frente a eso, hay gestos de resistencia cotidiana: huertos que alimentan, canciones que se transmiten, manos que siguen trabajando la tierra. La película alterna entre el lamento por lo que desaparece y la belleza de lo que aún persiste.
Elementos visuales clave
- Contrastes entre la tranquilidad del canal y la velocidad del AVE.
- Primeros planos que revelan arrugas, ojos y manos, pequeñas cartografías de vida.
- Rituales colectivos —misas, fiestas, cantos— que definen la identidad comunitaria.
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Elena Mármol es una periodista apasionada por la cultura y el ocio. Cubre exposiciones, espectáculos, cine y festivales con un enfoque dinámico que invita a los lectores a descubrir nuevas experiencias artísticas.

