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El presidente Sánchez, como los viejos relojes estropeados, también acierta a dar correctamente la hora dos veces al día. Bien sabe Dios que estoy convencido de que, como gobernante, la Historia lo juzgará a la altura de personajes como Godoy o Negrín. Sin embargo, tampoco seríamos justos si no le agradeciéramos que haya evitado que España se convierta en un infierno distópico, al estilo de nuestras vecinas Italia y Francia. Como dice el viejo refrán castellano que repetían nuestros abuelos, a veces “Dios escribe recto con renglones torcidos”.

Hace unos días, nuestro presidente acertó a hacer unas declaraciones atinadísimas que, contra lo que dicta su tradición como gobernante, desearía que de verdad se cumplieran. Espero que, por esta vez, no le dé la razón al escritor Pérez Reverte cuando lo califica de “maquiavélico, arrogante, cínico” y otras lindezas aún peores. En declaraciones a un medio informativo amigo, el presidente español afirmó que el Gobierno lleva semanas trabajando en un plan para tratar la covid 19 como una “enfermedad endémica”, similar a la gripe, dada su “baja mortalidad”. Apostó por un nuevo modelo de controlar el coronavirus que signifique, por ejemplo, “dejar de contar los casos positivos, las pruebas…”. Bueno, quizá ahí Sánchez no ha previsto el horror que podría provocar a los editores de los informativos de la mayoría de las televisiones españolas, que seguramente no sabrían con qué nuevo aterrador dato seguir alterando cada día
las digestiones de su candorosa audiencia.

Recientemente, la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria ha publicado un editorial en el que, bajo el título “Hacia el fin de la excepcionalidad”, aboga por volver ya a la Vieja Normalidad. Los médicos de atención primaria -nuestros médicos de cabecera de antaño- abogan por dejar de contar cada caso de covid y tratar la enfermedad como se hace, por ejemplo, con la gripe. Dado que el virus no va a desaparecer, tenemos que aprender a convivir con él. Desean de corazón, como yo mismo, que 2022 sea “el año de la recuperación no sólo de la Atención Primaria, sino también de nuestra vieja normalidad”. En la misma línea, el prestigio Instituto de Salud Carlos III ha reconocido que,
actualmente, la mitad de las infecciones detectadas de covid son asintomáticas y, sobre todo, que los indicadores de hospitalización y muerte están en mínimos históricos.

Por ello, basándose en la Ciencia y no en la política, el máximo órgano de los médicos de atención primaria pide algo que, aunque a alguno le suene a sacrílegas palabras negacionistas, está muy lejos de serlo. Piden el fin de las mascarillas, de la distancia social, de los rastreadores, de los aislamientos y cuarentenas… Reconozco que, tras dos años de pandemia sanitaria y mediática, resulta atrevido pedir que los médicos vuelvan a hacer de médicos y que sean ellos,
apoyándose en la exploración del paciente y en las pruebas que estimen oportunas, los que vuelvan a establecer el diagnóstico clínico de cualquier persona que presente síntomas de padecer una enfermedad.

Cuando dentro de unos años se estudie este periodo de la Historia humana, quizá veamos claro que, como en la infame Guerra del Golfo, los “efectos colaterales” de la pandemia han sido peores que la pandemia misma. El gravísimo deterioro sufrido por nuestro sistema sanitario, especialmente la Atención Primaria, ha provocado un deterioro, a veces irreversible, de la salud de muchos españoles. Además de las decenas de miles de víctimas del covid, resulta pavorosa la herencia que nos dejará la pandemia en lo que se refiere a la destrucción de nuestra economía, de millares de pequeños negocios, de la salud mental de millones de personas, de la convivencia social, de la confianza en la Medicina…

Sí, yo también estoy de acuerdo con todos aquellos que, desde cualquier lado de las trincheras, piden volver a la normalidad; es decir, a una vida verdaderamente libre y humana. Necesitamos volver a sonreír, a ver el rostro de nuestros amigos y enemigos, a dar abrazos o un par de besos a las personas que nos acaban de presentar, a mirar con afecto y sin miedo a nuestros semejantes. Deseo que los camareros vuelven a hacer de camareros, que saluden de nuevo a sus clientes con amabilidad y no a que les pidan que les muestren información médica confidencial ni a que les insten a que les muestren su DNI, como si fueran agentes de la autoridad. Deseo que la gente vuelva a vivir en libertad, en un verdadero Estado de Derecho. Necesitamos volver a reunirnos, a vivir en un mundo en el que cada persona pueda decidir libremente, sin coacciones ni amenazas, sobre los medicamentos que necesita tomar para
mantener su salud.

Deseo volver a vibrar con los triunfos de Nadal y no escucharle hacer sonrojantes declaraciones sobre temas que nada tienen que ver con su brillante y noble manera de jugar al tenis. Quiero que los enfermos, especialmente los ancianos y los más necesitados, sean atendidos por un médico de verdad y no por un telefonista que les pida que se hagan un auto diagnóstico. ¡Buf! ¡Lo siento! Tal vez me he confundido y creí que estaba escribiendo la carta a los Reyes Magos. “Eso es todo amigos…”

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