José Antonio Funes

La frase que da título a esta columna, referida a la Filosofía, se la escuché hace años a Pedro Cerezo, catedrático emérito de la UGR, en una de sus magníficas clases. Decía, en medio de una crisis periódica de la materia, que la Filosofía gozaba de una extraordinaria mala salud. Desconozco si la sentencia le pertenece o quizá sea herencia de algún pensador que la defiende de embestidas recurrentes. En cualquier caso, describe una situación que nos acecha en forma de bucle. Con cada planteamiento educativo llegan modas que pretenden apoderarse del pastel curricular en función de los ritmos que marcan los nuevos tiempos. Es normal que suceda. La tensión es parte constitutiva de los organismos, de las estructuras, de la propia vida. Sin tensión nos dirigimos al encefalograma plano. Y puestos a elegir es preferible una mala salud duradera antes que un magnífico estado puntual, antesala del silencio.

Por tanto, ante los nubarrones que se ciernen sobre la Filosofía en los actuales diseños educativos, soy optimista. Encontrará la manera de seguir viviendo, aunque haya quienes la quieran relegar al baúl de las cosas inservibles. Esa es paradójicamente una de sus grandes fortalezas, que “no sirve” a nada. Todo lo que sirve a o para está supeditado a otro, mientras que lo que no sirve, es señor. La filosofía es absoluta, soberana, dueña de sí. Lejos quedan los tiempos en que se definía como ancilla theologiae. Ahora el ser humano asume el protagonismo que había regalado a Dios y la Filosofía alcanza la independencia.

La Filosofía es autónoma pero no gira sobre sí misma, sino que dirige su mirada hacia todas las latitudes. Es el Búho de Minerva hegeliano que levanta el vuelo al atardecer, cuestionando lo que recibimos y lo que perseguimos. Todas las disciplinas son susceptibles de ser evaluadas, criticadas, asumidas… por esta fiscal superior de la razón. Cuando parece que todo permanece en silencio, que las distintas ciencias han establecido sus postulados, llega la Filosofía con su peculiar modus operandi, preguntando. Ese proceder le hace particularmente incómoda, porque la pregunta desprende un aroma provocador.

Descuidar la Filosofía encierra la sutil propuesta de diseñar un ser humano conformista, acomodado e incapaz de cuestionar el mundo que le rodea. Tal actitud provoca, sin duda, un empobrecimiento difícil de medir. La Filosofía ha dado lugar a un modo de ser y de estar, obligándonos a pensar. Y para ello es preciso tener la estructura que conduce a construir razonamientos sólidos. Eliminar la Filosofía no significa borrar las interpelaciones que nos llegan desde todos los ángulos, pero sí supone perder la escalera que peldaño a peldaño nos permite ofrecer respuestas. La Filosofía exige una disciplina mental que nos aleja de la espontaneidad, de contentarnos con respuestas pueriles inconsistentes.

Occidente se alza sobre tres pilares, el Derecho Romano, la Doctrina Cristiana y la Filosofía Griega. Dejar de la lado el soporte teórico que nos legaron los griegos viene a ser como poseer una compleja máquina y haber perdido la hoja de instrucciones. Quizá pongamos el artilugio a funcionar pero será difícil que seamos capaces de aprovechar todas las posibilidades que ofrece y sacar el máximo rendimiento. Porque la vida es posible sin Filosofía, pero, acordándonos de Sócrates, una vida sin reflexión no merece ser vivida

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