José Antonio Funes

El arte quizá sea uno de los asuntos más complejos de encerrar y que despierta múltiples interrogantes: ¿Qué entendemos por arte? ¿Cómo se valora? ¿Qué busca? ¿Hay límites?… No me refiero a la definición formal que nos presenta la RAE, sino a lo que consideramos “arte” quienes acudimos a un museo, observamos un monumento, leemos un poema, o miramos un cuadro.

Su etimología nos lleva a la idea clave: “técnica”. El arte es una determinada forma de hacer que, respondiendo a ciertas pautas, despierta emociones variadas: alegría, ternura, horror, incertidumbre… También el arte puede buscar deliberadamente dar que pensar e ir más allá de un fin puramente estético para defender el statu quo imperante o denunciar una situación. Hay quienes consideran ese papel social como su principal objetivo. Por tanto, con el acercamiento al arte buscamos que la obra en cuestión nos provoque, nos saque de la indiferencia.

Pero, ¿cómo sabemos si estamos ante algo que podemos considerar “arte”? Esa es la pregunta fundamental. Nadie pondría en duda la calidad de los frescos de la Capilla Sixtina, la Alhambra de Granada o los poemas de Amor de Pablo Neruda. En tales casos, el arte -pictórico, arquitectónico o literario- se derrama sin necesidad de hacer prolijas elucubraciones para defenderlo.

Sin embargo, no es fácil posicionarse cuando lo que se nos muestra desata muchas dudas. Por ejemplo, cómo catalogar en un espacio museístico una papelera volcada y con los papeles desparramados por el suelo; cómo interpretar un coche destrozado, o un panel negro con un punto blanco en una esquina. Todo ello lo pude disfrutar en el Georges Pompidou parisino hace más de una década. Pero similares ejemplos podemos encontrar en las distintas Ferias de arte contemporáneo que se celebran, como la de ARCO en nuestro País. Si estamos ante un auditorio interesado, difícilmente manifestamos lo que pensamos, salvo con sonrisas de soslayo y guiños a quienes creemos que pueden compartir nuestras tesis. Si no estamos seguros de ser secundados, mantenemos una académica presencia simulando un reconocimiento que quizá no exista. Asentimos, si contamos con un guía, y fruncimos el ceño o adoptamos la postura del pensador de Rodin para poner de manifiesto la singularidad de lo que vemos y la profundidad de nuestros conocimientos. Evitamos abrir la boca para no dar pistas y pueda interpretarse como un bostezo lo que seguramente sea un bostezo.

Saco a colación este asunto a raíz del cartel de la Feria de Abril encargado por la Maestranza sevillana al artista danés de origen vietnamita Danh Vo. La obra ha desatado airadas críticas en la capital andaluza. Se trata de dos carteles monocromáticos en rosa y rojo. Me cuentan que en la presentación hay quienes pensaron que la creación se escondía debajo de lo que parecían telas con colores tan taurinos, pero pasaba el tiempo y la presuntos paños no se levantaban… ¡Eran el cartel! Acompañados, para romper la monotonía, con letras en caracteres góticos -para lo que se ha servido de su padre- donde se leía: “Toros en Sevilla 2022” en uno y en el otro, con un guiño poético, la alusión a la elegía lorquiana dedicada a Sánchez Mejías, expresando la hora más icónica de nuestra literatura: “A las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde”.

Pese a que pueda parecer que tengo claro lo que es el arte, no me atrevo a definirlo. Entre otras cosas porque cargo con el esquema mental de nuestro tiempo que nos marca líneas. Soy consciente que quienes salen de ese marco, si no lo hacen desde una posición conquistada, tienen más dificultades para ser valorados. Sólo los consagrados tienen bula para innovar. Ha ocurrido en todas las épocas. Hay artistas en muy diversos campos que para ser reconocidos, incluso catalogados como genios, han tenido que esperar a su muerte: Van Gogh, kafka, Oscar Wilde, Monet etc. Por ello me curo en salud y antes que denostar al creativo prefiero hacer mías las palabras atribuidas a Rafael El Gallo cuando le presentaron como filósofo a Ortega y Gasset: “¡Hay gente pa to!”, sentenció