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Heródoto

Corría el mes de septiembre de 1990 cuando el gobierno socialista de Felipe González aprobaba una emblemática ley que “revolucionaría” para siempre nuestro sistema educativo: la LOGSE. El PSOE tenía un poder omnímodo en España, que parecía no tener fin, y acababa de lograr su tercera mayoría absoluta consecutiva. El ministro de Educación era Javier Solana, aunque quien de verdad se encargó de poner en marcha el cambio educativo fue Alfredo Pérez Rubalcaba, que hizo aquí uno de sus menos lucidos servicios a España.

Con aquella ley desaparecieron la EGB, la dicotomía BUP/FP a los 14 años o la vieja costumbre de que quien no estudia no aprueba y, por tanto, no pasa de curso. Aparecieron la Primaria, la ESO, el Bachillerato más corto de Europa y la nueva costumbre “progresista” e “inclusiva” de promocionar de curso por imperativo legal, aunque se haya suspendido hasta el recreo y no se hayan abierto ni el libro ni el cuaderno en todo el año. No piensen que es una hipérbole. En algunos casos era literalmente así.

Mucho ha llovido desde entonces (es un decir) pero, pese a los parches chapuceros de Aznar, Zapatero o Rajoy, las líneas maestras y la estructura de nuestro sistema educativo siguen fieles a aquella filosofía educativa que llegó para quedarse.

Por cierto, aún sigo preguntándome cómo se puede llamar ESO a una etapa crucial en la formación de los jóvenes. Como decían entonces los novatos en la jerga logsiana: ¿Y ESO qué es? ¿No les suena muy despectivo? Verán, ESO es el experimento fallido más desastroso en la historia de la educación española. ESO es meter en el mismo aula, con un profesor y una tiza, a chicos que quieren hacer Medicina, a otros que estudian por inercia y a los que, de pronto, se sienten aprisionados en una jaula, condenados a permanecer hasta los 16 años en un sitio en el que no quieren estar, oyendo cosas que no les interesan lo más mínimo. Si su comportamiento es respetuoso y civilizado, estupendo. Si son violentos, maleducados e irrespetuosos, qué se le va a hacer. Hagan lo que hagan, no pueden ser expulsados. ¡Tienen derecho a la educación!

Aquella ley, que transformaría para siempre la educación no universitaria en nuestro país, contó con el apoyo de todos los grupos del arco parlamentario, salvo el PP, aunque por motivos muy tibios. Creo que la inmensa mayoría de mis amigos docentes comparte una reciente afirmación del profesor José Manuel Lacasa, director del Instituto de Investigación Docente: “La Logse fue una catástrofe, lo peor de nuestro sistema educativo”. Pues bien, con la Lomloe o Ley Celaá, aprobada hace poco más de un año, tenemos una LOGSE bis. Es más, la LOGSE, como el dictador Franco, está ahora más viva que nunca.

Los datos son claros: en el último cuarto de siglo, el nivel de la educación española ha caído en picado. Estamos quince puntos por debajo de la media europea, tenemos una de las mayores tasas de abandono escolar de los países de la OCDE y unos resultados sonrojantes en lengua, matemáticas y ciencias cada vez que se publica un nuevo informe PISA. Nunca, como en estas tres últimas décadas, se ha hablado tanto de la calidad de la enseñanza y, sin embargo, pocas veces la enseñanza ha caído a un nivel más bajo. La educación no universitaria en España, en palabras de una profesora de los 90, se ha transformado en un “zapping” por la cultura.

Volvemos a lo peor de la LOGSE y ahora lo aderezamos con toda la patraña ideológica de moda, suprimimos el castellano como lengua vehicular de la enseñanza en el Estado, volvemos a la asignatura de Religión con el recreo como alternativa, atacamos el derecho de los padres a elegir entre centros públicos o concertados, impulsamos la desaparición de los centros de Educación Especial… En definitiva, un liberticidio más. Ya se sabe que fue la ministra Isabel Celaá, la impulsora de la actual LOMLOE, la que pronunció aquella frase categórica que, pese a la polémica inicial, el tiempo se ha ocupado de demostrar que era cierta: “Los hijos no pertenecen a los padres de ninguna manera”.

Equivocarse una vez es malo. No tener después la inteligencia o el valor de rectificar es más grave. Sin embargo, reincidir en lo peor de la LOGSE, corregida y aumentada, 30 años después, da que pensar. No, la mayoría parlamentaria que apoyó la LOMLOE no puede estar formada sólo por aduladores, idiotas y odiadores profesionales a España. Los impulsores de la octava ley educativa del actual periodo democrático no pueden entrar en ninguna de las tres categorías anteriores. Entonces, ¿por qué lo hacen? ¿Por qué reinciden en el error? ¿Por qué odian tanto a la educación y a la cultura? ¿Temen que una verdadera educación en nuestras escuelas e institutos sería una amenaza para ellos y quienes les sostienen? ¿Será por eso que prefieren las ciencias o las matemáticas con perspectiva de género?

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