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José Antonio Funes

Conocemos el relato mítico, que nos habla de una torre proyectada con la intención de sortear los designios divinos si éste castigara a la humanidad a padecer un nuevo diluvio. La intención era escapar por elevación caso de producirse un cataclismo similar. Pero la divinidad, con la omnisciencia como atributo, descubre el programa e idea el plan de confundir a los operarios dotándoles de distintas lenguas con el objetivo de hacer imposible el entendimiento. Quizá los humanos podrían haber aceptado el reto esforzándose por el aprendizaje idiomático y, de paso, echar un pulso al dios que abortaba sus propósitos. Pero no se cruza ese puente que hubiera permitido el éxito del proyecto y así nos quedamos sin torre y sin entendernos. Descubrimos además una gran paradoja: el principal instrumento para relacionarse -el lenguaje- convertido en icono de división.

Babel ha tenido a través del tiempo un largo historial en el diseño de torres de incomunicación, que construimos con mimo. Y nuestro país es fiel reflejo al presentar las lenguas como muros que separan en lugar de pasarelas que acercan. Así lo testifica la última controversia sobre la convivencia en el sistema educativo de Cataluña entre el catalán y el español. Inmersión lingüística llaman a esta guerra, sirviéndose de la metáfora como figura y de la comunicación como excusa. Porque si el aprendizaje del Catalán se presenta con la intención de devaluar la lengua común, mala e inútil estrategia se ha planteado. Pero también cabe enfocar la cuestión desde la mano tendida del más fuerte para que en esta batalla lingüística nadie se sienta perjudicado en sus derechos ni se desprecie aquello que forma parte
esencial de las personas -la lengua materna- y queda impreso en su DNI virtual como si se tratara del grupo sanguíneo.

La Constitución, cuya efemérides hemos celebrado recientemente, es clara. Se habla del castellano como lengua oficial del Estado y la obligación de conocerlo, pero también se asume que la diversidad lingüística es un patrimonio que será objeto de especial respeto y protección. Estamos obligados a conocer la maravillosa lengua que nos da cobertura como país, situada además en el pódium mundial, pero también a proteger al resto. No hay mejor forma de hacerlo que facilitar su difusión, incluso con guiño cómplice, más allá de la zona en la que nace.

Apunto este catalejo hacia el Hospital de las Cinco Llagas, donde años atrás se me ocurrió plantear la posibilidad de dar respuesta al interés que las distintas lenguas de nuestro país pudieran despertar en cualquier rincón del
Estado. Debo reconocer el influjo de José A. Sierra, uno de los pioneros del Instituto Cervantes. Sin embargo, ante el ruido generado opté por dejar descansar la iniciativa, con la débil esperanza de que algún día seamos capaces de distinguir entre quienes siembran discordia de un lado y la lengua que les da soporte de otro. Comprobé con tristeza que el rechazo suscitado por determinados debates políticos había sido inoculado a las lenguas donde se desarrollan, provocando una vez más que un vehículo privilegiado de encuentro se transformara en herramienta de tensión.

Supondrá un enorme paso para cultivar la armonía en este impresionante País en el que hemos tenido la suerte de nacer, si somos capaces de sentirnos copropietarios de su rico legado cultural; legado del que las lenguas forman parte con independencia de su lugar de nacimiento. Recurriendo a Gabriel Celaya y violentando la paráfrasis, esos pasos los
daremos cuando la palabra, en cualquier lengua, sólo sea un arma cargada de futuro común.

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