Heródoto

Este relato que hoy les hago llegar, me ha sido referido hace unos días, con todo lujo de detalles, por un amigo al que aprecio sinceramente, y cuya intimidad deseo preservar. Le llamaremos… Roque.

Roque lleva unos días desconcertado y algo desubicado. Hace ahora dos años, cuando comenzó la pandemia, Roque se recluyó en su casa y no salió de ella durante dos meses. Teletrabajaba desde el salón de su piso y hacía la compra del Mercadona a través de internet. Con no pocas dosis de paciencia y autocontrol, entretenía a sus dos hijos pequeños, noche y día, dado que el Gobierno no le autorizaba a salir con ellos sin una causa muy justificada. Desafortunadamente, mi amigo no era propietario de ninguna mascota, lo que le hubiera dado un salvoconducto para airearse un poco, al menos un par de veces al día.

Otra cosa no, pero nadie puede negarle a Roque que siempre ha sido un hombre educado y respetuoso, a rajatabla, de las normas, leyes y disposiciones legales. Puede que proteste con frecuencia contra ellas y, sobre todo, contra sus autores, pero al final siempre las acaba acatando, religiosamente, por un ejercicio de responsabilidad cívica.

Cuando Fernando Simón, el “gurú” de los primeros tiempos de la pandemia, aseguró que no tenía sentido que los ciudadanos sanos usaran mascarilla, él le creyó. Luego, cuando a los pocos días, el 20 de mayo de 2020, el gobierno de España publicó la Orden que regulaba el uso obligatorio de las mascarillas, él se la colocó sobre su rostro y comenzó, con dificultad, a acostumbrarse paulatinamente a ella. Al principio, le agobiaba, le costaba respirar, le provocaba dolor de cabeza e incluso, a veces, hinchazón en las piernas. Sin embargo, convencido por la información que le llegaba a través de la televisión, el Facebook, su diario de toda la vida y el resto de canales oficiales, se dio cuenta que ese nuevo complemento era imprescindible para vivir en la “nueva normalidad”. Sabía, porque así parecían corroborrarlo los estudios científicos de los que se hablaba en los medios, que las mascarillas salvan vidas.

Mi amigo Roque se colocaba su mascarilla FFP2 en el coche, fuera solo o acompañado; durante las 8 horas de su jornada laboral, cuando se atrevía a ir de compras al centro comercial y, cómo no, cuando paseaba por la calle o por el monte.

Por supuesto, él fue de los primeros que interiorizó el beso de codo o el uso de gel hidroalcohólico cada vez que tocaba cualquier objeto. Es más, fue de aquellos que, durante los primeros meses, metía la ropa directamente en la lavadora al llegar a casa y desinfectaba las bolsas de la compra y los artículos que éstas contenían.

Durante todo ese tiempo se sintió orgulloso de cambiarse su FFP2 cada 3 ó 4 horas, como aconseja la Ciencia; y reconoce que siempre miró con un pelín de desconfianza a los que usaban mascarilla de tela, higiénica o incluso quirúrgica.

Cuando en 2021, se inició el proceso de vacunación contra la covid, eĺ esperó anhelante a que le tocara el turno a los de “su quinta” y se emocionó sinceramente al recibir el primer pinchazo, que quedó inmortalizado en una preciosa foto que mandó por todos sus grupos de wasap. Sabía que, participar en aquel ensayo, era el primer paso para recuperar la normalidad, amén de una obligación moral como ciudadano responsable y solidario. Poco después se puso la segunda dosis -que le hizo estar unos días un poco “pachucho”- y, en diciembre pasado, la tercera.

Roque es de esos que, no hace tanto, en Navidad, cuando los medios informativos y las autoridades alertaban de que la incidencia estaba disparada, exhibía orgulloso, en bares y restaurantes, su pasaporte covid. Es más, se molestaba si algún camarero permisivo no se lo pedía y hacía un poco “la vista gorda” para no tener problemas con los clientes “negacionistas”. Por supuesto, también volvió a ponerse la mascarilla en exteriores; aunque, para ser precisos, lo cierto es que él es de los que nunca se la quitó.

Y ahora, de repente, casi de un día para otro, coincidiendo con la guerra de Ucrania, mi amigo ha visto atónico, cómo la tele comenzaba a restar importancia a la pandemia, las autoridades decían que había que “gripalizar” la covid, y todos los medios de comunicación se hacían eco, con frecuencia, de algunos estudios que alertaban sobre los perjuicios del uso continuado de mascarillas.  Finalmente, su(s) gobiernos(s) ha(n) dado un paso adelante y ha(n) tomado la atrevida decisión de permitir que nos quitemos todos las mascarillas, no ya sólo en exteriores, ¡sino en interiores!

A Roque le da reparo confesarlo, pero experimenta un poco de miedo. No se siente seguro sin su mascarilla, pese a que algunos compañeros de trabajo se la han quitado. Mi amigo cree que ahora es más vulnerable, que puede ser contagiado de covid más fácilmente por la falta de cubrebocas. Después de dos años oyendo que las mascarillas salvan vidas, ¿puede ahora creerse, de verdad, que ya no son necesarias y que su vida y su salud no están en peligro?