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Luis Miguel Rodríguez Garzón

No me la puse al salir por olvido y tuve que volver a por ella. Nada nuevo. Tan blanca y tan FFP2.

Me quito las gafas, me coloco las gomas detrás de las orejas, me pongo las gafas y con la gorra me recojo la parte de arriba de las mismas para que no se me queden de soplillo. A partir de ese momento ya no veo nada. Las gafas se empañan y al respirar mi propio aire caliente me agobio y empiezo a sudar, o al menos me lo parece.

Voy hacia la parada del bus número 3 y me canso mucho al no respirar aire fresco.

Cuando llego, como no hay nadie, me dejo la mascarilla colgando de una sola oreja. Resulta ridículo, como si la tuviera tendida para secar. Me desahogo un poco. Llega a los diez minutos largos y me subo, ya con ella bien puesta. Miro por la ventanilla y veo lo mil veces visto y entonces recuerdo que puedo ver en el móvil qué hay de nuevo. Me bajo las gafas hasta casi la punta de la nariz para que mi vaho cause menos estragos en sus cristales pero como son progresivas, tampoco veo nada.

Llego a la Caleta bajándome a tientas y espero a que llegue el 4. Llega y me subo como puedo, me coloco en uno de esos asientos que están escalonados y así parezco mucho más alto que la persona que va a mi izquierda, e Infinitamente más bajo que la de la derecha.

A la altura del comienzo de la Gran Vía, una señora mayor de pelo blanco/azulado y como esculpido de puro perfecto, se dirige a mí y me dice: ¡ la de tiempo que hace que no te veo, Mariano, qué alegría ! Con el mismo, o incluso más entusiasmo, yo le respondo casi sin verla: ¡ para alegría la mía, Mercedes !. La señora con gesto de extrañeza me dice que ella no es Mercedes, yo le respondo que tampoco yo soy Mariano. Reacciona a los pocos segundos y me dice: ¡ ay!, mire Vd, es que con esto de las mascarillas se confunde una muchísimo … Así es, señora, le respondo yo muy educadamente. Y se va pasillo adelante.

Llega el revisor y me busco la tarjeta del abono. No la encuentro en principio pero me doy cuenta que la llevo en la otra mano.

Me bajo en Puerta Real frente a la pastelería El Sol y me dirijo a un kiosco de la ONCE, a comprar un cupón para el viernes. Era lo más apropiado. ¿ Quiere alguna terminación concreta ? Me pregunta desde dentro alguien a quien intuyo. Sí, si tiene, deme uno que termine en 44. Me lo da y me voy a un paso de peatones cercano a esperar a que el semáforo se ponga en verde para los peatones. Mi estrategia se basaba en cruzar cuando viera a los demás cruzar. Como hay quien cruza estando en rojo, casi me atropella un coche del que sale un vozarrón que me dice ¿ Es que no ves?

Por fin llego al bar de la tertulia y allí, me quito la gorra, la mascarilla (ahí sí está permitido), me limpio las gafas y me siento a respirar.

Supongo que ahora será cuando, sin protección alguna, podré contagiarme. Pero por mí, no ha quedado.
Esta variedad de “noria” de la mascarilla, es cosa de suerte. Da igual a qué altura pare tu barquilla, porque allí, precisamente allí, puede estar esperándote ese dichoso COVID de nuestras pesadillas.

Cuídense.

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