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El testimonio en primera persona de un granadino tras llegar de Ucrania

Tiempo de lectura: 4 minutos

Juanma es uno de que han integrado la misión del del Arzobispado que partió el 2 de enero

D. G. / Granada | 7 de abril de 2022

Juanma ha viajado en el grupo del Arzobispado que el 2 de abril se dirigía en uno de sus autobuses hacia el campo de refugiados en Varsovia, para llevar ayuda humanitaria y traer refugiados ucranianos, en la iniciativa “Ayuda a Ucrania”. Ya está en Granada y nos cuenta lo vivido con la recogida de refugiados, el primer momento de embarcar en el autobús con ellos y el recorrido.

Carta íntegra

Cuando ayer entramos Kiko y yo en la enorme nave industrial en la que nuestros compañeros de viaje ya estaban haciendo la selección, se nos cayó el alma a los pies. Faltaba una hora para cerrar y empezar el viaje y, de las 84 plazas que teníamos disponibles, no aparecían 36 de los avisados. Los 48 restantes permanecían con gesto cansado, mirada vacía y tristeza en sus ropas, esperando un autobús que les alejaba más aún de sus casas, de sus hijos, de sus maridos o de sus padres. No hablaban, sólo fijaban la vista en puntos indefinidos, ajenos a la esperanza y mucho menos a la ilusión. Pero ocurrió el milagro y cuando ya estábamos barajando la posibilidad de quedarnos un día más, empezaron a llegar más personas interesadas en ir con nosotros a Granada. Una joven, casi una niña, estaba siendo atendida por nuestro médico, quien se resistía a escuchar los consejos de los Bomberos sin fronteras –“tú verás, es muy arriesgado”- y la decisión la tomó cuando la chica, muy asustada al presenciar la discusión, escribió en el traductor de su móvil –“llevadme con vosotros, por favor”. Cuando Carlos y el bombero leyeron esta petición, éste último no pudo evitar gritar “¡¡así, echándole cojones!!”.

Carlos sabía que contaba con todo nuestro apoyo –“la llevaremos al autobús sentada en una silla, se viene a Granada”. La cara de la chica no dejó reflejar su alegría. Estaba demasiado cansada, tan sólo un débil spasiva. Las seis de la tarde, hora de cerrar. ¡Hala, a los buses! Echamos una mano arrastrando maletas y bolsas llenas con menguadas pertenencias. Una joven con una perra de aguas no quiso ayuda. Otra joven con dos gatos nos intentó argumentar en inglés sobre por qué no podía abandonar a sus gatos –“Vera señor, he estado escondida tres semanas. Estos gatos han evitado que me comieran las ratas”. Una mirada leve –“que suba”.

Arranca el autobús y salimos de Varsovia entre silencios y quizás un cierto recelo hacia nosotros. No nos miran. Les ofrezco botellines de agua y extienden la mano, sin duda recientemente acostumbradas a regresarla con algo. Ninguna sonrisa.

La noche ha pasado despacio en una carretera dominada por un millón de camiones que entraban y salían de abarrotadas áreas de servicio.

Cuando por fin llega el alba, su primera luz ilumina caras con un cansancio extremo. Cansancio que no parece alterarse a pesar de que, para hacer un modesto uso del baño, las mujeres pasan más de una hora haciendo cola frente a la puerta, mientras el de los hombres permanecen casi vacío. Otra vez al bus, otro ruido del motor de arranque y otra procesión de camiones.

Tras algo más de veintitrés horas de viaje, Kiko se levanta de su asiento y anuncia en un inglés robado en el rastro –“en diez minutos llegaremos a Besançon”. El aviso provoca cambios de postura, algunos comentarios de curiosidad y las preguntas de tres o cuatro niñas que en inglés gutural formulan indescifrables preguntas a los que andamos por allí con ellas. A los diez minutos una señora exclama algo así como “¡Jotel!”. Los españoles nos vemos sobrecogidos por sus emociones. Hay voces en el autobús, hay muchos pasajeros de pie, pero sobre todo hay lágrimas y sonrisas. Sonrisas amplias, preciosas, de esas que muestran dientes perfectos y caras felices. Hay abrazos, selfies, alboroto, gritos de niños… Como los autobuses de verdad.

Toda la noche de viaje. Varias paradas: unas para echar gasoil y otras porque el baño, como las sirenas de Ulises, llama imperioso. La cena, preparada en bolsas de plástico, consistirá en un sándwich que será consumido con toda su frialdad bajo las chispas de un aguanieve que no va a más porque hace demasiado frío. Nadie se queja de nada. Ningún niño esperaba nada en concreto, pues la larga estancia en el centro de refugiados les acostumbró a no expresar descontento alguno. Autobuses en silencio, cuerpos envueltos en los abrigos a pesar del calor, reflejos de alguna pantalla en el rostro y bolsas depositadas con miedo en el bajo del autobús. Silencios ni siquiera interrumpidos por los naturales ronquidos.

No podemos imaginar cuánto tiempo hace que no duermen en una cama decente, toman una ducha en la soledad de un cuarto de baño y pueden dar a los niños una comida que sus madres elijan. Sólo por eso, ya ha valido la pena vuestro esfuerzo.

Esperan sentados con paciencia mientras verifico en recepción las reservas, pago la factura y recibo las llaves electrónicas de todas las habitaciones. Se les explica que cada persona tendrá su propia habitación, con su propio baño, que las madres no se separarán de sus hijos, que podrán bajar al comedor, que es self sevice y que podrán elegir la comida y repetir. Las más mayores no pueden dejar de llorar. Las más jovencitas saltan abrazadas, como en los patios de los colegios de Granada o en los lugares de los jardines españoles en los que los adolescentes se quitan la palabra los unos a los otros. Los niños abren los ojos como en la cabalgata de los Reyes Magos.

Empiezan a pronunciarse nombres y a entregarse llaves y a ser cogidas fuertemente, como quien quiere agarrar la vida, o la dignidad, o la esperanza de nuevo. Están felices como si hubiéramos llegado a Granada.

(Texto publicado en la web del Arzobispado)

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