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Como de la familia

Tiempo de lectura: 3 minutos

José Antonio Funes

Hace unos días sorprendí en casa de mis suegros a una nueva inquilina, que sólo conocía de oídas. Intercambié con ella una apresurada conversación de ascensor: ¿Qué temperatura tenemos? ¿Cuándo va a llover? Me sorprendió su aplomo y la facilidad con la que se había acostumbrado a su nueva casa, como si llevase toda la vida. No sé si contenta o triste, pero parecía segura y plenamente consciente de que poco a poco ganaría protagonismo en la familia y se podría permitir el lujo de colonizar otros espacios, incluso los más inhóspitos. Todo el que pasaba a su lado le planteaba sus dudas esenciales, como si la señora estuviera en posesión del archivo sonoro de la Espasa. Incluso, cuando se atropellaban las cuestiones al momento reconocía, con serenidad, que no había entendido.

Aún no he sucumbido a sus encantos, porque temo que mis hijos la maleduquen, pero seguro que terminaré rindiéndome. Pronostico que entonces recordaré con cierta nostalgia las escenas monótonas de subir la persiana, encender y apagar las luces o cambiar de canal desde el mando a distancia. La guerra doméstica por elegir programa será verbal con el riesgo de volver tarumba a nuestra querida Alexa, convertida en una más de la familia. Seguro que me acostumbraré a su melodiosa voz siempre amable, respondiendo a mis buenos días e informándome sobre cualquier cuestión que me surja sin desaires ni gestos incómodos. Me despertaré con la música que desee y a la hora que se me antoje. Además, acomodará su tono al mío buscando la máxima complicidad y haciendo suyos mis susurros. La haré partícipe de mis bromas, para que al presentarle a alguien de confianza lo salude con el exabrupto acordado: ¡Ah, este es el gilipollas del que me hablaste! En definitiva, estará tanto en mi cotidianeidad que no sabré explicarme cómo he podido vivir más de medio siglo en su ausencia.

Esa familiaridad debe provocar una sensación similar a la de los animales de compañía. Nos acercamos a nuestras mascotas con cariño y mimos, “piquitos” y lloros de despedida incluidos. Les ponemos chaleco, algunos adquiridos en lujosas boutiques, para que no pasen frío; les echamos Reyes y legislamos persiguiendo su bienestar y considerándolos sujetos de Derecho; charlamos con la confianza de ser escuchados e incluso comprendidos… Son, salvando una enorme distancia, como Alexa, de la familia. Quizá ni desentonarían en el árbol genealógico. Nos hemos emocionado semanas atrás con un video sobre el reencuentro con sus dueños de un perro perdido desde hacía 6 años. Una granadina, que viene a ser el ángel de la guarda de los canes y que convive con unos veinte, es la responsable del final feliz.

Aplaudo, por supuesto, cómo hemos sido capaces de cultivar la empatía, expandiendo su campo semántico, pero no puedo evitar acordarme del exconcejal Castillo Higueras, que agonizó durante media hora sin que nadie de los que pasaban por la calle le atendiera. Fuera de nuestras fronteras, en la ciudad del Amor, ¡Qué terrible paradoja! hemos conocido otro caso vergonzoso. René Robert, prestigioso fotógrafo francés y conocido por retratar el mundo del flamenco, que le apasionaba, ha muerto congelado a los 85 años. Se cayó y pasó nueve horas tendido en la acera como si fuera invisible; ya no cabe decir como un perro.

Quizá quienes los encontraron, tendidos en el suelo, helados y con la vida escapándose, tienen una Alexa en casa y cuidan con esmero a sus mascotas.

Por supuesto que merece reconocimiento ensanchar nuestros afectos, pero también conviene parar nuestras prisas y mirar con honda preocupación la desidia que manifestamos muchas veces ante aquellos que forman parte de la familia humana sin necesidad de adoptarlos.

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