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José Antonio Funes

Jorge de Burgos, el monje bibliotecario ciego de “El nombre de la Rosa”, magnífica obra de Umberto Eco, odia la risa y persigue a quienes la procuran. -“la risa es un viento diabólico que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos” le dice a Fray Guillermo de Basckerville – magistralmente representado por Sean Connery – cuando acude este último a la Abadía de Melk para investigar unas muertes. Hoy, la risa escapa al dramatismo que dibuja la escena y no es más que mero atrezzo en el teatro de la vida. Sin embargo las cosas serias – y la política lo es – también pueden verterse en moldes de humor, porque el humor es una cosa muy seria. En el binomio humor-política es inevitable recordar al expresidente Rajoy y sus circunloquios con los que ponía chispa a los acostumbrados y medidos discursos. Aquello de “es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde” es inigualable. Del mismo tenor es la exposición que un parlamentario hizo sobre el posicionamiento de su grupo en torno al desbloqueo de las listas en una Mesa de trabajo para cambiar la Ley electoral: “Apostamos –dijo- por el desbloqueo parcial preferencial categórico opcional con preservación de los candidatos (números uno por cada circunscripción electoral) con existencia de un umbral mínimo sobre el total de votos del partido en la circunscripción para que pueda promocionar (ejemplo 5%)”.

El humor, género chico en la literatura, en el cine… considerado con poca entidad para merecer una reflexión, una especie de anécdota reservada sólo a lo lúdico… es esencial. Por eso quiero traerlo a este catalejo, por lo general muy centrado en la ortodoxia de una razón hierática, y ofrecer pinceladas simpáticas; algunas de ellas he tenido la fortuna de vivirlas durante mi experiencia en primera línea de la política autonómica.

La vida pública, tan crispada habitualmente, esconde momentos que despiertan sonrisas indisimuladas. Y debiéramos cultivarlos más, porque las risas abiertas, que no persiguen el desprestigio del causante, son una medicina fabulosa para lograr el equilibrio emocional y diseñar ambientes amables de trabajo.

Sin duda hemos olvidado gran parte de los debates que se producen en el Hospital de las Cinco llagas, pero estoy absolutamente convencido de que quienes teníamos uso de razón en ese tiempo, recordamos la imagen y el sonido de un Parlamento andaluz paralizado por un ataque colectivo de risa que se produjo en 1994 y dio la vuelta al mundo. Diego Valderas, Presidente entonces de la Cámara, intentó sin éxito reconducir la votación en curso pidiendo “cilencio ceñorías, ceñorías cilencio” y tuvo que suspender el Pleno durante cinco minutos. Aún hoy es imposible no mirar con cierta nostalgia un momento tan maravillosamente disruptivo.

En los inicios de 2015, con la llegada al Parlamento de nuevas formaciones, se produjeron situaciones hilarantes por la inexperiencia. Nos llevó un tiempo aprender su jerga y protocolos. Recuerdo el mal rato de una compañera que en Pleno, durante el desarrollo de unas votaciones, sufrió un súbito “apretón” y por más aspavientos que hizo llamando la atención del personal de la cámara, no pudo salir hasta finalizar el proceso, cuando el ujier abrió la puertezuela. Se fue disparada.

También en estos años se han ido produciendo abandonos en los grupos. El desvincularse de la disciplina de partido acarrea prácticamente el ostracismo. Se deja al diputado solo con un teléfono, un portátil y sin espacio físico definido más allá de su escaño. Es el caso de una parlamentaria que al quedarse sin despacho se fabricó un cartelito con el letrero de “oficina móvil” y se plantaba en la biblioteca, o en un sofá del salón de los Pasos Perdidos o detrás de la Presidenta cuando comparecía ante los medios. Tal es la sensación de sentirse ninguneado, que se sospecha de todo. En una ocasión la Presidenta de la Junta, durante una intervención en Pleno, se refirió “a los 108 diputados de la cámara”. Como un resorte saltó la diputada: “Sr. Presidente, somos 109 y la Presidenta ha dicho 108”. En ese momento Susana Díaz aclaró, ¡claro, la 109 soy yo!.

La risa gana cuando se comparte. Beneficia a quienes la provocan y a quienes la disfrutan… La risa sana, franca, sin sarcasmos, debiera ser declarada patrimonio inmaterial de la humanidad. Nos ayuda a vivir y a convivir.

Ahora que se acerca San Valentín, cierro con una declaración de amor que me tiene como protagonista.

-“Ámame” decía un watsapp que recibí, despistándome en mitad de un Pleno. Mi secretaria Ana, que se disculpó más tarde muy ruborizada, corrigió al instante:

-“Perdón, llámame.

-“Te amo/ Perdón/ Te llamo”, respondí.

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