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20 años sin ‘nuestra’ peseta

Tiempo de lectura: 5 minutos

Heródoto

Nostalgia, añoranza… Sin lugar a dudas, ese es el sentimiento que nos inunda a muchos cuando oímos hablar de nuestra antigua moneda.

El 1 de marzo de 2002, hace ahora veinte años, desaparecía de nuestras vidas la muy querida peseta. España abrazaba la moneda común europea, que hoy día utilizamos en 19 países del viejo continente. Para la mayoría de los expertos, jubilar nuestra emblemática moneda nacional fue una buena decisión. Aseguran que su sustitución por la nueva moneda creada por los burócratas de Bruselas ha traído al país dos décadas de estabilidad económica y crecimiento, aunque con algún que otro “resfriado” desagradable como los de 2008, 2020…

Para empezar, de un día para otro sufrimos una enorme subida de los precios de numerosos productos cotidianos. Como siempre, las estadísticas oficiales y la percepción de los ciudadanos de a pie eran radicalmente distintas. Mientras los economistas aseguran que la entrada de la nueva moneda supuso sólo un aumento del 4% de la inflación, las sensaciones que experimentamos los que sufrimos el magno acontecimiento fueron mucho más trágicas. De un día para otro, el famoso “redondeo” hizo que la cuesta de enero del 2002 fuera realmente muy empinada.

Aunque formalmente un euro equivalía a 166 pesetas, en la práctica muchos “avispados” aplicaron un cambio de 1 euro igual a 100 pesetas. Eso suponía, como el que no quiere la cosa, un “agujero” del 66% en nuestros bolsillos a la hora de pagar un sinfín de productos de la compra diaria. Por ejemplo, en muchos bares, el café pasó de costar 60 pesetas a 0,60 euros, lo que suponía doblar directamente su precio. Una coca cola o una partida de futbolín -indispensables ambos para muchos jóvenes de la época- pasaron de costar 100 pesetas a un euro. Los mayores incrementos se dieron en las tarifas de correos, el pan, el cine, el billete de diez viajes de metro o autobús, y el menú del día de algunos restaurantes.

Después de alrededor de un siglo y medio con nosotros, la adaptación a la nueva moneda fue una tarea ardua, especialmente para los más mayores. Aún hoy día, para hacerse una verdadera idea del valor real de algún producto, especialmente si se trata de cifras elevadas, como las referidas a viviendas o artículos de lujo, muchos de nosotros necesitamos traducir la cantidad a pesetas.

En el extremo opuesto, muchos españoles, aquellos cuya edad baja de la treintena, no tienen recuerdo de haber utilizado ninguna otra moneda de referencia que no sea el euro. Para ellos, la peseta es un recuerdo del que hablan con añoranza sus abuelos o un contenido más de las clases de Historia.

Pero la historia de la peseta no es sólo un asunto para historiadores o para amantes de la numismática. Su historia es también la de los hombres y mujeres que han vivido con ella durante siglo y medio. Fue el denostado José I Bonaporte, apodado por sus detractores como “Pepe Botella”, el monarca español que acuñó por vez primera, en Barcelona, una moneda provincial con el nombre de peseta. Años más tarde, en 1836, durante la minoría de edad de Isabel II, se mandó hacer una acuñación extraordinaria de unas nuevas monedas de plata, por valor de “1 peseta”, con las que se pagó a las tropas que luchaban contra los carlistas. Por eso, despectivamente, el hecho de que recibieran su sueldo en forma de pesetas dio lugar a que fueran llamados “peseteros”. Lástima que hayamos cambiado de moneda y ahora no tengamos un término tan preciso para referirnos a aquellos futbolistas que no sudan la camiseta pese a cobrar sueldos millonarios. No sé por qué, pero “euroteros” no acaba de sonarme bien.

En realidad, durante el siglo XIX, hasta 1868, la peseta era una moneda más, de curso legal, entre más de veinte que había en el país: reales, escudos, doblones, luises… Fue ese trascendental año, a comienzos del llamado Sexenio Democrático, cuando el gobierno provisional de Serrano  decidió, de entre todas las monedas que había en circulación, elegir a la peseta como moneda única de curso legal en España, dado que, como el franco y la lira, contenía cinco gramos de plata. Seis años después, comenzaron también a imprimirse billetes.

En los primeros tiempos hubo pesetas de oro, de plata y de bronce, pero a comienzos del siglo XX se sustituyen por nuevos metales y aleaciones mucho más económicos, como cobre, aluminio y níquel. Finalmente, en 1980, para abaratar costes, se dejó de acuñar moneda en cobre para hacerla de aluminio.

La peseta ha tenido muchos nombres a lo largo de su dilatada historia: rubia, pelona, perra chica, pela… Curiosamente, hoy día sólo pervive, como moneda no oficial, en la república saharaui.

Hace nueve meses, en el verano de 2021, concluyó el periodo para canjear las antiguas pesetas, por lo que, si aún le queda alguna moneda o billete por casa, ya sólo tendrá un valor como objeto de colección o recuerdo. ¿Y qué pasó con nuestras pesetas? Pues algo muy triste. Las monedas fueron convertidas en chatarra que luego se usó para fabricar barriles de cerveza -las de 1 peseta- y el resto para tuberías de refrigeración y hélices de barco. Por lo que se refiere a los billetes, su final fue aún más desalentador. Fueron devueltos al Banco de España, quien se encargó de triturarlos hasta convertirlos en pasta de papel. Por motivos de seguridad, los billetes no pudieron reciclarse. Quizá por una vez debimos tomar ejemplo de nuestros vecinos italianos, mucho más románticos, que usaron todo el material fundido de sus monedas para construir un monumento a la lira.

En España, pesetas y euros convivieron durante dos meses en los que los ciudadanos no nos despegábamos de esas pequeñas calculadoras con conversor de moneda que regalaban hasta con el pan. En la madrugada del 1 de enero de 2002, un aluvión de ciudadanos “colapsaron” los cajeros automáticos de media España para sacar los primeros billetes de euros. Supongo que siempre fuimos de lo último que llega. A la vista está que nunca hemos apreciado demasiado nuestra historia, nuestra tradiciones, nuestra cultura… ¡Lástima no ser un poco ingleses en eso!

Qué tiempos aquellos en los que, con 500 pesetas (3 euros de ahora, con los que ya apenas te tomas una Alhambra Especial), íbamos al cine, merendábamos con nuestros amigos en el burguer y aún nos sobraba dinero para comprar unas chuches y ahorrar la calderilla. Quizá lo mejor de todo es que, los que aún recordamos con cariño e incluso un poco de añoranza a la vieja peseta, hace veinte años éramos “un poco” más jóvenes.

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